Monday, May 25, 2009

The Rose Room ((Stockyards of Minnesota)(English and Spanish))



The Rose Room
((The Stockyards of South St. Paul, Minnesota, 1966) (a Chick Evens Story))



Chick Evens went to work for the stockyards one summer in 1966, near the town-let of South Saint Paul, the summer was extremely hot, and you could bake an egg on the sidewalks.
His mother worked at Swift’s Meats (in the meatpacking department), the company, which he now came to be employed at, made a deep impression on Chick’s mind and he never forgot the thoughts and experiences that came to him during those last months of that summer working at the stockyards inside a packing house (cutting up carcasses of hogs), and especially delivering animal waste to the Rose Room!

The traditional puffing forth smoke, which attracted attention to its tall chimneys as they rumbled along and burnt up the remains of pigs, cows, sheep, and goats, slowly over miles of bones and animal waste, circulated the air, and drifted throughout the huge stockyards, second to the nation’s largest in Chicago.
One could see and smell at any section, division or corner of the town-let this putrid smoke, from the stockyards, all the way down to the Mississippi River, some five-miles away, and even across the Robert Street Bridge, to the other side of the river, where resided St. Paul, proper, the inner city, the downtown area; that dark to light gray smoke, rising into the clear morning sky.
Where some of this smoke came from was a dim lit, small room through which an employee brought in stacks of animal throw away, desecrated meats, from throughout the stockyards. From these stacks could be seen glowing and pale pus from hams, torn hides, discolored skin and unusable bones and infected guts, and so forth, nothing to please an appetite.
There was no wind, or windows in this room—this room they called ‘The Rose Room’, just an iron round plate on the floor, heavy as a Cadillac car, it was opened by pressing a yellow button, and machinery lifted this tonnage door about three feet up…then it stopped as if a person might fall or jump into this inferno pit, and there was hell’s fire. You could hear the crackling of the fire, feel the heat penetrating your pores, and smell the punishingly putrid stink therewithal, and near suffocating in the process: it all was close to gagging the lungs, to a point of collapsing.
The fire was equal to the most blazing spot in a forest fire, it grew along the sides of the pit when the iron door was opened, like snakes running up its sides to escape.



In the afternoons I went to what they called the Rose Room, opened up the door to the house of flames, it crackled and snapped under my feet, even the sole of my shoes got hot through the thick stone floor, the smell of this room was putrid, foul, sizzling. It made a man think about going back to school, it did me anyway, learn a real trade—it was a room I swear rented out by the devil or perhaps God Himself, to express where souls go to decay—the repentance abyss.
My mind captured such an image even before I set foot out of this room, the first time I brought in a wheelbarrow of animal waste—I remember I had little to say, looking into that abyss of flames, pouring my wheelbarrow of rotten animal carcasses, soft tissue, over the edge of the iron rounded door, watching the massive fire consume it even before it hit the bottom of the pot, boldly and freely.


The fatty tissue, he poured down, into the pit, became inflamed almost instantly. This was a house with only one window—the fire window. When he had poured the waste over the edge of the opening, the fire leaped back up at him, swept over the rim of the frame that held the iron door in place, it swept all the way to his feet, he jumped back, stood against the wall looking into the hungered fire, as if it was a living beast trying to harm him, and a voice said something, a voice to the side of him, by the door that was usually shut to the room, except if someone else was waiting to commence in the same traditional work he had just finished…



The Employee


Employee: Come on, come on! Let’s get going here sunny, I don’t have all day—give the rose a kiss and get the hell out of there so I can drop my load! (A laugh.)

Chick Evens: It almost got me!

Employee: It’s a suicide escape! ((he declared shrewdly) (he comes to stand beside Evens)) It creeps in when you’re half sleeping, or daydreaming on the job, stay alert in this room kid—now move on out of here, go around my backside, give me some room to maneuver my wheelbarrow.



Note: the stockyards in South St. Paul, created and built the city of South Saint Paul, establishing itself in between, 1885-1887, and built by Gustavus Franklin Swift Jr., and prior to him, his father. Prior to Swift’s And Company, there was no city south of St. Paul, Minnesota. It was one of the largest stockyards in the world, and second only to Chicago in the United States. This story is dedicated to the Swift Family, who in their way contributed to the employment of so many people in some many areas of the United States, and especially, South Saint Paul, Minnesota.

Written 5-16-2009 ((No: 398) (SA/5ds))


Spanish Version


El Cuarto Rosa
((El Corral de Ganado de San Pablo Sur, Minnesota, 1966) (Una Historia de Chick Evens))



Chick Evens fue a trabajar para el corral de ganado un verano de 1966, cerca al pueblito de San Pablo Sur; el verano era tan caluroso que podrías cocinar un huevo en las veredas.
Su madre trabajaba en Swift’s Meats (en el departamento de empaque de carnes), la compañía en la que ahora él había sido empleado, que formó una impresión profunda en la mente de Chick ya que él nunca se olvidaría de los pensamientos ni de las experiencias que él obtuvo trabajando en el corral, en la casa de empaques, durante los últimos meses de ese verano (cortando la carne de los cerdos muertos) y especialmente: ¡llevando los desechos de animales al Cuarto Rosa!
La tradicional nube de humo—que hacía que llamara la atención de sus chimeneas altas mientras éstas sonaban a lo largo y quemaban lentamente los restos de los cerdos, vacas, carneros y cabras, sobre miles de huesos y desperdicio de animal—hacía circular el aire y se iba a la deriva a través del corral inmenso, el segundo más grande en la nación después de Chicago.
Uno podía ver y oler en cualquier lugar del pueblito este humo putrefacto del corral, todo el camino abajo hacia el río Mississippi, aproximadamente a cinco millas de distancia e incluso cruzando el Puente Roberto, al otro lado del río donde residía la ciudad de San Pablo propiamente, el centro de la ciudad; aquel humo oscuro, ligeramente gris, levantándose en el cielo claro de la mañana.
Había una luz tenue de donde este humo venía, un cuarto pequeño donde un empleado traería, de todas partes del corral, montones de restos de animales para botarlos, carnes malogradas. Podía verse, en estas pilas, intensos y pálidos pus de los jamones, costados rasgados, piel descolorida, huesos inutilizables e intestinos infectados, etcétera, nada para complacer a un apetito.
No había ventanas ni corría viento en este cuarto—a este cuarto ellos lo llamaban “El Cuarto Rosa”—sólo un plato redondo de hierro en el piso, tan pesado como un carro Cadillac, éste se abría presionando un botón amarillo, y las máquinas levantarían este tonelaje de puerta, cerca de un metro de altura…luego éste se detendría como si una persona podría caerse o saltar dentro de esta fosa infernal; había un fuego de infierno. Tú podrías oír el sonido del fuego, sentir el calor penetrando tus poros, aparte de oler esa hediondez putrefacta y casi sofocante; en el proceso: todo esto estaba a punto de asfixiar a los pulmones, al punto de colapsar.
El fuego era igual al punto más ardiente en un incendio en la selva, éste crecía a lo largo de los lados de la fosa cuando la puerta de hierro se abría, como serpientes corriendo arriba a sus lados para escapar.

En las tardes iba a lo que ellos llamaban El Cuarto Rosa, abría la puerta de la casa de llamas, esta crujía y chasqueaba bajo mis pies, incluso la suela de mis zapatos se calentaban por el piso grueso de piedra, el olor de este cuarto era putrefacto, repugnante y sofocante. Esto hacía pensar a un hombre en volver al colegio, esto me hizo pensar de todas maneras, aprender un oficio real—este era un cuarto, lo juro, alquilado por el mismo diablo o talvez por Dios mismo, para decir a dónde van las almas a descomponerse—el abismo de arrepentimiento.
Mi mente capturó tal imagen incluso antes de poner un pie en este cuarto, la primera vez que traje una carretilla de desperdicio de animal—recuerdo que tuve poco que decir, mirando en el abismo de llamas, vaciando mi carretilla de carne muerta descompuesta y tejidos suaves sobre el borde de la puerta redonda de hierro, mirando al fuego masivo consumir esto antes que éstos tocaran el fondo del recipiente, audaz y libremente.

Los tejidos grasosos, que él tiraba en el hoyo, eran inflamados casi al instante. Esta era una casa con sólo una ventana—la ventana del fuego. Cuando él vertió los restos sobre el borde de la entrada, el fuego se extendió hacia él, barrió sobre el borde del marco que sostenía la puerta de hierro todo el camino hasta sus pies, él saltó hacia atrás, estuvo recostado en la pared mirando al hambriento fuego, como si éste fuera una fiera viva tratando de herirlo, y una voz dijo algo, una voz al costado de él, por la puerta que normalmente estaba cerrada, excepto si alguien más estuviera esperando para comenzar con el mismo trabajo tradicional que él acababa de terminar…


El Empleado

Empleado: ¡Vamos, vamos! Continuemos yendo, no tengo todo el día—dale un beso a la rosa y sal de aquí para que yo pueda vaciar mi carga (una risa).

Chick Evens: ¡Casi me alcanza!

Empleado: ¡Es un escape suicida! ((él dijo astutamente) (él vino a pararse detrás de Evens)) Este te alcanza cuando estás medio dormido, o soñando despierto en el trabajo, mantente alerto en este cuarto niño—ahora muévete de aquí, anda alrededor detrás de mi, dame más espacio para maniobrar mi carretilla.

Nota: Los corrales de ganados en el Sur de San Pablo, crearon y construyeron la ciudad de San Pablo Sur, estableciéndose ésta en el medio, entre 1885 y1887, construida por Gustavus Franklin Swift hijo, y antes que él por su padre. Antes de la Compañía Swift, no existía la ciudad de San Pablo Sur, en Minnesota. Este era uno de los más grandes corrales el mundo, el primero estaba en Chicago en Estados Unidos. Esta historia está dedicada a la familia Swift quienes, en su forma, contribuyeron a dar empleo a tanta gente en algunos lugares de los Estados Unidos, y especialmente, en el Sur de San Pablo, Minnesota.

Escrito el 16-Mayo-2009 ((No: 398) (SA/5ds))

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